16 de juliol 2006

Carner a Beirut

Tomàs Alcoverro, corresponsal de La Vanguardia a Beirut durant molt de temps, va publicar ara fa un any aquest article sobre l'estada de Josep Carner a la capital del Líban, a mitjans de la dècada dels trenta.

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EL CONSULADO DE CARNER EN BEIRUT

Josep Carner pasó en Beirut, en palabras de su biógrafo Albert Manent, uno de los periodos más sedantes y venturosos de su vida. Carner fue cónsul de España en Beirut, desde febrero de 1935 hasta septiembre de 1936, comenzada ya nuestra guerra civil. A lo largo de su estancia escribió para La Publicitat artículos hermosos, agudos, penetrantes. Estos trabajos aparecían bajo el antetítulo “Del Pròxim Orient”. Carner describía el paisaje de estas costas -los naranjales del camino de Saida, la Sidón de los fenicios, las tranquilas montañas cercanas de Beirut, antes pobladas de pinos no lejos de Brumana donde alquiló una casa de verano- contaba las pequeñas menudencias que acontecían en la ciudad, las hazañas del bandido Fuad Allame –un 'gentleman' educado en la Universidad americana que robaba a los ricos en provecho de los pobres– y se interesaba en conocer las costumbres, la historia de la religión musulmana.

Cada mañana el cónsul poeta se ponía a escribir su artículo. El que había sido canciller de la Embajada española, Sidi del Burgo al que yo conocí a mi llegada a la ciudad, y que ya entonces trabajaba como secretario del consulado, me contó algunos recuerdos de Camer. Cuando entraba en la cancillería -en aquella época la oficina y la residencia del cónsul estaban en el mismo edificio- se encontraba al escritor en pijama, pergeñando su artículo. "Esto me interesa más que el sueldo de cónsul, ¿sabe usted?", le decía Camero Por cada uno que envío me pagan cien pesetas.

Plácidamente transcurría la mañana. La casa que habitó Carner, el inmueble Gandur es una hermosa casa de dos pisos rodeada de una verja de hierro con vistas, entonces, sobre el mar por su parte trasera. Su fachada con un gracioso balcón cubierto da a una concurrida calle, por donde circulaba un tranvía que atravesaba un barrio alegre, sereno, ahora de una elegancia decadente en el que había villas, mansiones como la que albergaba la Embajada de Francia, con espaciosos jardines.

"Había poco trabajo", me contaba el canciller, "y pasábamos muchas horas hablando". "A mí me maravillaba la gracia de su conversación. Hablaba de todo. Era un hombre muy culto. Muchas veces discutimos de política porque él se mostraba partidario fervoroso de la República mientras que yo era monárquico. Algunos días iba a visitar a Mohamad Fadallah que más tarde fue embajador del Líbano que estaba traduciendo el Corán al francés. Carner abrigaba entonces el proyecto de verterlo al catalán. Fadallah le leía pasajes del libro y Carner iba tomando notas. Además de Fadallah trató mucho al que fue cónsul de los Países Bajos, el señor Patrice Camilliane".

El señor Del Burgo recordaba algunas pequeñas anécdotas de la vida de Carner en Beirut como cuando un domingo desapareció, misteriosamente, la bandera española del consulado. Por lo visto fue el sereno del barrio, que al atardecer, viéndola colgada en el balcón, pensó que se habían olvidado de arriarla y se apresuró a recogerla. En cierta ocasión Carner, que había plantado en el jardín rosales y claveles, envió una petición al Ministerio de Asuntos Exteriores para que le destinaran una suma para los gastos de su mantenimiento. Pero en Madrid rehusaron atender su demanda diciendo que el jardín era un asunto de su incumbencia personal.

A través de sus artículos, se nos revela ampliamente. Quiero decir que si bien sus temas predominantes eran los temas líricos tratados con su habitual fuerza de expresión, resultado de un "esfuerzo mental continuado y persistente" como escribió Pla, hay otros puramente políticos.

Como corresponsal, como cronista, fue uno de los primeros que se ocupó profundamente en los periódicos españoles de un problema que entonces estaba a punto de iniciarse. Me refiero al problema de Palestina. Camer habla a sus lectores –sus artículos tienen siempre este carácter de conversación espontánea y a la vez exigente– de la llegada de las primeras "aliyas" de judíos a Palestina, del engrandecimiento de Tel Aviv, que "podrá convertirse en la primera ciudad del Oriente Medio", o de las ventas de las tierras de los "effendi". Se percata de que como reacción al sionismo se va a popularizar el naciente nacionalismo árabe y observa, agudamente, que es el movimiento de los ''fellahin" o campesinos el que va a denunciar la falta de conciencia nacional de los señores feudales palestinos.

"Avui la ballugadissa del petits 'fellahin' de Palestina arrosega fins i tot els arabs poderosos que si no haguès estat per aquella mena de contagis no haurian pas reaccionat amb tanta decisió contra el sionisme i ben segur haurien continuat venent i si haurien instal•lat, no pas sense goig de llur cor, a la Síria o al Egipte".

Carner sabe captar con la misma precisión los inicios del movimiento comunista que llega a Palestina con los primeros judíos, la importancia del petróleo para alimentar los nacionalismos de los países orientales, el peculiar talante colectivo del Líbano.

"Nadie conoce el futuro de estas riberas solicitadas por un panarabismo retórico –traduzco– pero estoy seguro, basta con ver estas oliveras del camino de Saida que si alguna vez quiere gobernar aquí un desarraigado, un verdadero árabe del Hedjaz o del Yemen será considerado mucho mas extraño que un turco". A Carner le encantó la diversidad espontánea de la vida de un Oriente "tot de flaires i fortors". Sus sutiles descripciones del paisaje del Líbano, de su luz, de sus personajes pintorescos se completan con reflexiones sobre la estética, las costumbres árabes. A veces son apólogos deliciosos sobre el islam, los turbantes, los velos de las mujeres, pequeños cuentos de antiguos califas o emires, los que el poeta va describiendo tranquilamente en su consulado. Carner cita a Gobineau, Morand, Thomson o a algún clásico de la literatura árabe, o simplemente algún autor de un libro importante sobre estos pueblos. Con su lectura profundiza y enriquece su conocimiento del Oriente.

Esta serenidad, este gozo creador, este tranquilo fluir de los días, se deshicieron brúscamente con la muerte de la esposa del poeta Carmen de Osa, que fue enterrada en un pequeño cementerio de Beirut. Continuó en su puesto de cónsul durante varios meses más. Sidi del Burgo guardaba como recuerdo de Carner un viejo sombrero de copa que por equivocación confundió con el suyo. El sombrero tenía la marca de la casa Codet de la Rue Thiers de Le Havre, donde Carner había desempeñado antes el puesto de cónsul. El señor Del Burgo nunca se lo pudo calzar porque era demasiado grande para su cabeza.

Tomàs Alcoverro (La Vanguardia, 26/06/2005)

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